Comienzo este texto tarde como cada año, mientras la muerte se ha paseado y regodeado en mi familia varias veces, y aunque su última visita fue hace algunos días después de que haya comenzado este año, dejo este hecho para hablarlo el año entrante y dejar este resumen del 2025 a mi yo del futuro, haciendo de cuentas que Sasha aún está aquí y que no tengo ningún gato en mi conciencia.
Empiezo por el principio, por ese primero de enero que hoy parece lejano y que el año pasado se mostraba próspero y prometedor, pues, aunque el año posterior terminó entre dificultades, también lo hizo entre el amor y el apoyo de mi familia, apoyo por el cual cambié aquel cumpleaños por estar el año nuevo con los míos, sin saber que sería el último en que estaría con nosotros mi papá.
Ese tradicional viaje fue reemplazado por la vista de las montañas de mi pueblo y horas más tarde por una salchipapa, otro tipo de viaje y una vista al infinito universo.
Aplazado para el día siguiente, fui acompañando por mi hermano, recorriendo los paisajes presentes en las canciones del valle, hasta que un miedoso nos hizo pasar nuestro sofoco con la ley (suerte que no nos requisaron bien).
Entre afanes y cansancio realicé los primeros, y al cabo del ciclo anual, únicos, tatuajes en mi nueva y pausada profesión. Insatisfecho quedé con el resultado, y socavado por las dificultades al ejercer. Dejé por ello, ese sueño en pausa, esperando llevarlo a cabo en los días próximos a esta redacción.
Llegué de ese viaje largo a habitar un nuevo recinto en esa urbe asquerosa y mugrienta en la que había venido viviendo. Ciudad que provocó en mí el hartazgo que me llevó no solo a abandonar esa ratonera, sino a despreciarla a niveles que no llegué a sospechar jamás.
Fue un año en el que me recuerdo más lavando platos y haciendo aseo que utilizando mi tiempo escaso para mi propio disfrute. Víctima quizá de la lentitud de tan macabra urbe.
Gocé de la suerte que me permitió ganar ocho piezas extra de oro. Me salvaron en el momento, me ahogué un mes después.
Comencé a crear el retrato correspondiente a mi amor más pequeño. Fue un trabajo continuo y pausado, que demandó de mí todo el año... pero que tristemente arruiné por no pensar bien lo que hago.
Me enamoré de una florecita en mi camino, que fue liquidada por las autoridades de limpieza, como es lógico, en esa masa de cemento enemiga de la belleza.
| Sei un fiore che è cresciuto sull'asfalto e sul cemento |
Entendí como los dueños de los medios de producción quieren vernos la cara de idiotas, y que cínicamente se enojan cuando eres tú quien lo hace. En pro de eso conseguí una nevera gratis y envié un mensaje claro de quién tiene verdaderamente el poder. Fue tarde para pedirlo, pero conseguí la "porción de sal" que me daba para vivir... pero solo en lo justo, no hubo espacio para lujos ni demás.
Y en esa nueva independencia obtuve también de mi familia, cosas necesarias para el bienestar de mi hogar.
Viví y disfruté de mi ultimo festival de rock, gracias a un buen amigo por el regalo.
Consecuencia de mi mala administración, en parte por el hambre que provoca el frío y en parte por buen samaritano, pues en ese recibimiento de dos lunas tuve que sacrificar esas ganancias, y otras cosas que se enfrentaron a esas manos dañinas.
Conocimos en mi familia la pérdida y la humillación que provoca querer visitar el país de las franjas blancas y rojas. O como yo lo llamo "la Bogotá del mundo".
Fui obligado a realizar trabajos universitarios, en lo que era para mí, un despropósito total.
Me volví más consciente de la ruina que provocó en mí vivir inmerso en esa mata que mata, vi reducir mis capacidades por ello y pagué el precio con mis bienes y con otras cosas.
Fue un año en el que en su transcurso me sentí enloquecido y alterado por las gentes (por decirlo así) oriundos de esa despreciable urbe. Entre los hijueputas, las lluvias, las pinchadas y su hablar desprecié mes a mes habitar sus calles mal estructuradas y sus criaturas mal educadas.
Pero hubo también cosas positivas.
Regalos dados a mí mismo.
Bailes pegados que hicieron el tiempo pasar más lento.
Polvos que explotaron en momentos inesperados, y que me asustaron quizá para seguir la corriente en los próximos.
Y debo confesar, que quedé con la idea de que nadie puede satisfacerme.
Hice filas, me vi con amigos visitantes varias veces, algunas veces serví de guia turístico.
Entre ellas, viví una aventura nocturna que se extendió hasta el día siguiente, mostrándole a alguien que fue de paso, entre insinuaciones y meadas, las cosas que valía la pena hacer en esa ciudad.
De ahí se construyó lo que me entregó el bien preciado algunos meses después.
Como cuestión aparte, este año fue el décimo aniversario de muchas cosas importantes en mi vida, y que pareciera que para celebrarlo, la vida me regaló una quemada más en mi rostro... por suerte esquivé esa bala.
Celebré condenas que quedaron en nada.
Dibujé poco.
Pero disfruté de la tranquilidad de no volver a abrir Twitter.
Por fin dimos culmen a la historia por contar, primera parte de un trabajo arduo del cual nos queda la mayor parte por hacer, y que también, al día de hoy seguimos en espera de los comentarios que nos permitirán preceder en lo siguiente o corregir lo ya escrito.
En el marco de ese pueblo ficticio aprendí también el arte de las rimas y la métrica, complaciéndome al crear la musicalidad y la poesía que acompañarán a esa historia siniestra.
Me divertí mucho participando en la campaña de invasión del nuevo mundo, y fundé allí una nueva ciudad.
Me aventuré en ese bosque de noche, varias veces, y me despedí en ese único momento que me complacía de allí.
Fue obligatorio para mí ausentarme por primera vez del natalicio de mi pequeña niña que ya no es tan pequeña, en pro de la decisión de abandonar la gran ciudad.
Y empezó la muerte a pasearse por mi familia.
Llevose primero a una michis y luego asestó un golpe mayor al arrebatarme súbitamente a mi padre, con quien esperaba estar en la nueva etapa que me deparaba y que ya no estará aquí para verme crecer. El consuelo que me queda es amor que estuvo claro, pero te voy a extrañar mucho, Jhon; tu partida no solo apagó las fiestas decembrinas y convirtió la recepción de este año en un evento lleno de llanto, sino que apagó para siempre el goce familiar.
Podría decir que lo único bueno que me pasó este año fue que por fin abandoné la ciudad de Bogotá, con el juramento de que ni siquiera me acercaré a esa masa de mierda, cemento, ratas, colillas de cigarrillos e hijueputas. Tuve que padecer el último mes el suplicio de una mudanza en la capital, pero me fui gracias al cielo.
En resumen fue un año en el que perdí mucho, no solo vidas: tiempo, dinero, objetos; fue para mí un año en pausa en el que mi vida no progresó mucho (por no decir nada), y entre tragedia y tragedia acumulada, llegué a mi punto de hartazgo y arrepentime de no haber huído el año anterior.
Es por eso que ante tanta pérdida he nombrado este año como EL AÑO PERDIDO.
Con esta edición, me deseo un mejor año, un ¡Feliz Año del Caballo!
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